Alabaré

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Alabaré

Hay equipos que se sostienen por costumbre y equipos que se sostienen por necesidad.

La diferencia no se nota en el escenario. Se nota antes.

La imagen que lo sostiene todo

Hay una imagen antigua que describe mejor que cualquier explicación lo que significa necesitar a Dios: la de alguien que busca agua en medio de la sequía, no porque quiera, sino porque no le queda de otra.

Esa es la sed real. No la que se recita, la que se siente.

Y ahí está el punto de partida de todo lo demás: adorar por costumbre es repetir palabras que ya no cuestan nada. Adorar por sed es reconocer que sin ese encuentro, algo en nosotros se apaga.

Por costumbre se ensaya, se ejecuta, se cumple. Por sed se busca, se sostiene, se vuelve.

De la ceguera a la vista

Uno de los giros más honestos que puede atravesar una persona —o un equipo— es el que va de no poder ver a poder ver. No como una idea abstracta, sino como una confesión concreta: hubo un tiempo en que la fe funcionaba por inercia, aprendida de memoria. Y hubo un momento en que eso cambió.

Eso nos dice algo importante sobre cómo se construye adoración genuina: no se empieza por la conclusión, se empieza por la necesidad reconocida.

Adorar de noche y de día

Otro eje que sostiene todo lo anterior es la constancia: la decisión de adorar sin que dependa del horario, del ánimo o de las circunstancias. No es adoración de escenario. Es la de la madrugada, la de la noche oscura, la de la duda que ronda cerca.

Y sin darnos cuenta, esa es exactamente la adoración que más cuesta sostener: la que no tiene público.

Lo que se canta en la plataforma solo es sostenible si nace de lo que ya se vivió en privado.

Lo que esto significa para un equipo, no solo para una persona

Un equipo de alabanza no se une porque canten afinado juntos. Se une cuando cada integrante llega con la misma sed reconocida, la misma honestidad sobre su propia ceguera, la misma decisión de adorar de noche y de día aunque nadie esté mirando.

Ahí está la diferencia entre un grupo que ejecuta y un equipo que sostiene:

  • Ejecutar es llegar preparado técnicamente.
  • Sostener es llegar habiendo hecho, cada uno por su cuenta, el mismo camino de sed a encuentro.

Y sin darnos cuenta, eso es exactamente lo que hace posible la unidad real en un equipo creativo: no la coincidencia de talentos, sino la coincidencia de necesidad.

Antes de pensar en cómo dirigir mejor el próximo domingo, vale la pena que cada líder —y cada equipo— se pregunte:

  • ¿Estamos sirviendo desde la sed compartida o desde la rutina individual?
  • ¿Nuestra unidad depende de las condiciones o sobrevive a ellas?
  • ¿Podemos nombrar, como equipo, el momento en que dejamos de estar ciegos?

Si alguna de esas preguntas incomoda, probablemente ahí está el punto de partida real para el próximo ensayo, no solo para el próximo domingo.

Salmo 42:1-2 — Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhelo a ti, oh Dios. Tengo sed de Dios, del Dios viviente. ¿Cuándo podré ir para estar delante de él?

Y eso, eso sí, vale la pena sostenerlo juntos

No hace falta impresionar. Hace falta honestidad: la de un alma sedienta que encuentra, otra vez, a quien puede saciarla.

Cuando esa honestidad se repite en cada integrante de un equipo, deja de ser un asunto personal y se vuelve lo que promete cada domingo: adoración que se sostiene entre varios.

No hace falta más que eso para que un equipo se una.


Escucha la canción y adora junto a tu iglesia: https://directorcreativo.pro/acorde/alabare---eccos